jueves, 26 de julio de 2012
Dos veces
Día agradable. Levantarme, comer, cagar, acostarme. Lo bueno de los días en casa es que puedes cagar hasta tres veces: al levantar, tras la siesta y antes de acostarte. No hay prisa, quedan muchas horas para volver al catre. Puedes entretenerte pillando una revista, viendo la tele, cagando... Yo tiendo, en mi casa solariega, a mirar tras los cristales. El cielo, encapotado en la mañana y despejado al mediodía. El cielo suele ser azul tras mis cortinas de estampados coloridos por un capricho materno, que discrepa mi espectáculo visual. El cielo es muy grande. No consigo verlo del todo. Es un deporte muy interesante. Además, acostumbro, en esos días de claustro, a no impacientarme. ¿Por qué iba a ser más inútil que estando en la calle? ¿Qué vehemente agonía despierta a mi ser? Ardor, fatiga, ataques de carácter cataléptico, sudor... Mirar el techo e hipnotizarme en sus formas arabescas de carros voladores que no llegaron al polígono más cercano, hipnotizarme y no sucumbir al ruido ¡de las turbas! ¡los coches! ¡la música house del puto coche! ¡del reloj! ¡del móvil! ¡y del latido de mi corazón! No caer en vano, en el aire que no corresponde a mi hogar, de mis papeles, mis cosas inertes que me acompañan siempre. De lo que no huye, cuando me mosqueo, de lo que se queda aunque mire al cielo. Al techo. Jugar entre esos papeles. En este día agradable. En el que pude cagar hasta dos veces.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
